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DÍA 17
¿Cómo DISTINGUIR LA VOZ DE DIOS?
Por John Wesley
2Co 9:15 ¡Gracias a Dios por su don inefable!
¿Cómo sabré si mis sentidos espirituales me guían a juzgar rectamente?
Esta es también cuestión de suma importancia; porque si alguno se
equivoca en este punto, está en peligro de caer constantemente en el
error y el engaño. ¿Quién me asegura que este no es el caso en que me
encuentro y que no me engaño al creer que escucho la voz del Espíritu?
El testimonio de vuestro espíritu; el de una buena conciencia en la
presencia de Dios. Por medio de los frutos que en vuestro espíritu
haya producido, podréis conocer el testimonio del Espíritu de Dios.
Sabréis que no habéis caído en vanas ilusiones ni vuestras almas están
engañándose, por medio de los frutos inmediatos del Espíritu que
gobiernan el corazón y que son: “caridad, gozo, paz, tolerancia,
benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza;” y los frutos
exteriores son: el hacer bien a todos los hombres y no hacer mal a
nadie; el andar en la luz y obedecer fielmente y por completo todos
los mandamientos de Dios.
Por medio de estos mismos frutos podrás distinguir la voz de Dios de
cualquier engaño que te presente Satanás; ese espíritu soberbio que no
te deja humillarte ante Dios; que no puede ni quiere mover tu corazón,
derritiéndolo primero en deseo de Dios y después en amor filial. No es
a la ver¬dad el enemigo de Dios y de los hombres quien os ha de
inspirar el amor a vuestro prójimo ni a revestiros de humildad,
mansedumbre, paciencia, templanza y toda la armadura de Dios; no está
dividido en contra de sí mismo, ni es el destructor del pecado, su
propia obra. No es otro sino el Hijo de Dios que viene a “destruir las
obras del diablo.” Tan seguramente pues como que la santidad es de
Dios y el pecado la obra de Satanás, el testimonio que tienes en ti
mismo no es del demonio sino de Dios. Bien puedes decir: “Gracias a
Dios por su don inefable;” gracias a Dios que me concede “conocer a
Aquel a quien he creído,” que ha derramado su Espíritu en mi corazón
por el cual clamo, “Abba, Padre” y que aun ahora mismo da testimonio
con mi espíritu de que soy hijo de Dios. Cuida empero de alabarle no
sólo con tus labios sino también con tu vida. Te ha sellado para que
seas de los suyos: glorifícale en tu cuerpo y en tu espíritu que son
suyos. Amado, si tienes esta esperanza en ti, purifícate como El es
puro. Al considerar cuál amor te ha dado el Padre que seas llamado
hijo de Dios, límpiate de toda inmundicia de carne y de espíritu,
perfeccionando la santificación en temor de Dios, y que todos tus
pensamientos, palabras y obras sean un sacrificio espiritual, santo y
aceptable a Dios por medio del Señor Jesús.