Wellington es colaborador del equipo de trabajo de Centro Cultural Poveda y
forma parte del equipo de pioneros en Masculinidades, República Dominicana.
Santo Domingo, D.N.
Martes 19 de enero de 2010
Viaje a la Capital… de Haití
La madrugada (3:00 a.m.) era fresca, las calles vacías y los semáforos
intercambiaban señales con los guiños de sus ojos amarillos. Al llegar al
lugar donde me esperaban 12 médicos (creía yo) que conduciría a la ciudad de
Jimaní a colaborar con la ayuda para los hospitales de allí a atender a los
haitianos heridos por el terremoto de la semana anterior; tuve la primera
sorpresa (agradable, por cierto) no eran 12 sino muchos más y la mayoría
haitianos como los lesionados que atenderían.
Además de las personas había una inmensa carga de equipos médicos que nos
llevaríamos. Habían alquilado vehículos adicionales para transporte, más no
de carga, así que nos pusimos manos a la obra y cargamos los equipos como
pudimos. Entonces el vehículo en el que debía llevar pasajeros lo
convertimos en uno de carga de sillas de ruedas, cajas de cuellos
ortopédicos, cajas de tubos de laboratorio, camillas, colchas y otras; sólo
quedó espacio para un pasajero, mi “copiloto” que resultó ser genial
compañía, cuando no estaba dormido.
A las 5:00 de la mañana arrancamos en una caravana de cinco vehículos a una
velocidad no mayor de 100 km por hora, porque es la permitida para los demás
conductores de los vehículos contratados. A las 8:30 de la mañana estábamos
en el cruce de Barahona-Jimaní y allí recibo la segunda sorpresa del día:
una llamada telefónica nos avisa que tendremos que vacunarnos en el Hospital
de Jimaní antes de cruzar a Haití (no sabía que iría a Haití) no estaba
preparado para ello pero en diálogo con el Poveda, quien se enteró por mí
que el viaje era a Haití, me preguntó si yo estaría dispuesto a cruzar y yo
siempre disponible, dije que sí.
Al fin llegamos a Jimaní, que me pareció más lejos que nunca, fuimos a la
fortaleza militar y entre militares por aquí, helicópteros por allá y el
Secretario de Salud Pública. Lo que más me sorprendió fue ver la cantidad de
equipos de rescate que se encontraban en el lugar divididos en grupos de
diferentes nacionalidades, pero todos acompañados por grupos dominicanos.
Algunos de esos rescatistas hablaban con sus perros amaestrados, los cuales
se ponían tristes si no encontraban sobrevivientes bajo algunos escombros,
hasta lloraban en lenguaje perruno como si hubieran perdido a alguien
querido; sus acompañantes humanos los entretenían y ejercitaban “para que
eliminaran el estrés del día anterior y hoy se motivaran a encontrar
sobrevivientes”, eso me dijo uno de los entrenadores o rescatistas a los que
le pregunté.
Nos vacunamos, una vacuna contra el tétano, dos pastillas contra la malaria
y otros males más según me dijo la persona de la Defensa Civil que me las
dio.
Que vengamos por aquí, que vamos para allá, que los pases los están
gestionando, que si “¿ya se vacunó señor? ¿Y las pastillas? Porque no podrán
cruzar si no se vacunan”, pero ya nos vacunamos, ¡Dios mío! Vamos a comer
pero ¿y los pases? Alguien preguntó, no están pero son las 1:00 y el convoy
sale a las 2:00, la comida en 15 minutos se gestionó, estaba muy buena y a
todo el grupo le gustó.
Por fin, la abogada nos reúne a todos para darnos las instrucciones de
seguridad, se crea un conflicto pues los médicos, enfermeras y estudiantes
de medicina debían tener sus documentos o su visa dominicana porque no era
seguro que pudieran regresar una vez cruzaran la frontera y estuvieran en
territorio haitiano.
Estas indicaciones no eran para los ciudadanos canadienses, ellos no
tendrían problemas ni aquí ni allá (Rep. Dominicana y Haití), era para la
mayoría, que eran haitianos. “Los que quisieran entrar lo harán bajo su
propio riesgo” fueron las palabras de la abogada, lo cual cayó mal a la
mayoría, no por la abogada, sino que no se les haya dicho desde Santo
Domingo, ya que es sabido que el camino de regreso de Jimaní a Santo Domingo
es riesgoso para una persona haitiana sin documentación.
Al final entre sollozos, sólo una persona no pudo cruzar, se lamentaba de no
poder ayudar a Haití, como decía, supe de ella que tiene esposo e hijos en
Santo Domingo, es enfermera y sus documentos están en cancillería. Los demás
tenían visa americana o carnet activo del Colegio Médico Dominicano que dice
que son pasantes de medicina.
Nos fuimos hasta la frontera, a unos dos kilómetros de donde estábamos, pero
ya el convoy de la MINUSTAH se había ido, así que nos fuimos con un guía
haitiano que nos llevaría hasta el seminario de los Jesuitas en Puerto
Príncipe. Nos fuimos sin seguridad ninguna y la verdad, no la necesitábamos,
no nos sentimos amenazados en ningún momento. Cuando la ciudad capital de un
país es destruida, las almas de las personas de ese país están destruidas.
Fui tarde para ver los muertos en las calles, para las lágrimas en las
esquinas, para los lamentos por los que lamentablemente perecieron: ancianos
y ancianas, hombres y mujeres, niños y niñas, jóvenes, adolescentes, bebés
no nacidos; perecieron en esta tragedia, los que se contaban por miles
tirados en las calles y centenas aún bajo los escombros, según vi en la
prensa; llegué tarde gracias a Dios.
Pero llegué temprano, para ver hombres y mujeres, jóvenes, ancianos,
ancianas, adolescentes, niñas y niños y hasta bebés que deambulan por las
calles que asemejan un mercado, llenas de colchones para dormir, llenas de
hambre y de sed. Unas calles llenas de ojos tristes e impotentes, pero
llenas de esperanza y espera por la ayuda que se va a dar, pero que no
llega.
Una calle llena de abusos y abusados, una calle llena de ojos que agradecen
y que ofrece. Llegué temprano para ver caras y personas por las que sí se
puede hacer algo para que vivan mejor. Llegué temprano para ver personas con
ojos ansiosos por ser diferentes. Llegué temprano para ver una ciudad
capital de un país indigente con la fe de ser mejor. Por favor, podemos
seguir llegando temprano para...
Al atravesar la ciudad llegamos al centro de los Jesuitas y cuando logramos
entrar tuve otra sorpresa, allí no nos esperaban (hay problemas de
comunicación), lo que colmó la paciencia de los choferes alquilados pues nos
debíamos dirigir a unos 40 kilómetros más después de Puerto Príncipe para
llegar a otro centro. Esto no fue problema para mí, pero gracias a la
intervención de Alexis (del Centro Poveda) logró que el centro nos recibiera
con todos los equipos que llevábamos.
El guía haitiano que nos acompañaba había salido a hacer unas vueltas, así
que estábamos sin alguien que pudiera llevarnos hasta la carretera para
volver a Jimaní; pero además de fijarme en todo lo que relato, no perdí la
perspectiva de chofer y también me fijé en las esquinas donde doblaba. Así
salí de Puerto Príncipe a las 5:00 de la tarde del mismo día, estaba solo.
Cuando íbamos a salir una persona que venía con uno de los choferes
contratados dijo: “me tengo que ir, tengo compromisos en la capital” yo le
corregí: ésta es una ciudad y también es una capital, aunque no lo parezca.
Robert Welinton Reyes
Colaborador Centro Cultural Poveda
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--
Hugo Huberman
Educador
Facilitador de Género, paternidades y familias.
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Coordinador Campaña Lazo Blanco
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